La flor del almendro

Este viernes pasado pude ver algunos almendros floridos, hoy domingo he visto unos cuantos más pasando por la carretera cerca de Altea. Los ojos agradecen el espectáculo asombroso, la mente se extraña y no parece creer aquello que ve: “Si apenas hace un mes que hemos entrado en el invierno”, dice, como tratando de hacer cuadrar el brote de las flores con la idea que ella tiene de la fecha en la cual sería lo apropiado.

Quizás porque sabe que la flor del cerezo, en los valles del interior de la Marina Alta, como los de Gallinera o Ebo, florece desde mediados de marzo  hasta mediados de abril, dependiendo de la climatología. Quizás porque sabe que en el lejano Japón hay una fiesta llamada hanami, una fiesta para “contemplar las flores” que sería la traducción literal y que coincide con la floración de los cerezos, aproximadamente en las mismas fechas que en España.

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El almendro anuncia una primavera aún lejana convertido en una algodonosa nube blanca, y esa rebeldía precoz y efímera pone una nota de exquisita belleza en los áridos paisajes invernales. Nos anuncia que la vida sigue ajena a nuestros planes y nuestras ideas, que la Gran Obra continúa invisible y sin necesidad de ser comprendida, como diría Walt Whitman. Aunque él lo expresa con la visión y sensibilidad de los poetas:

Flores invisibles, infinitas, recónditas,

Bajo la nieve y el hielo, bajo las tinieblas,

En cada pulgada cúbica o cuadrada,

Germinales, exquisitas, en delicados encajes,

Microscópicas, no nacidas aún,

Como niños en los úteros,

Latentes, replegadas, compactas, dormidas,

Billones de billones,

Y trillones de trillones de ellas en espera

En la tierra y en el mar –en el Universo-

En las estrellas, allá en el cielo,

Impulsándose lentamente, siempre avanzando,

Formándose sin fin,

Y esperando por siempre, y siempre más,

Por nacer.

Walt Whitman

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