Ouroboros

Serpiente_alquimica

Ella suspiró, en un gesto cansado, y añadió:

―La muerte no es cruel. Las causas de la muerte sí lo son, en ocasiones. Piensa en las enfermedades, las guerras, las catástrofes y tantos sufrimientos. Yo no genero ni las causas ni los efectos. No dependen de mí, aunque siempre me atribuyen la culpa. ¿Acaso no has visto cómo me representan?

Pareció tomarse un respiro.

―Para ti soy una enfermera, para otros un sacerdote, un santo o un familiar querido. Como ya te he dicho, cada uno me ve conforme a sus creencias; pero debes saber que evitar el sufrimiento y el dolor es mi destino ―concluyó.

Rosendo asintió con la cabeza. Había sido injusto en su apreciación. Ella no le mentía, no tenía ningún motivo. Sintió la pesada carga que llevaba encima y la inmensa soledad que le acompañaba.

―Yo no deseo alejarme de ti, Tristania, no me importa si eres real o irreal o si esto es un sueño. No me apartes de tu lado ―suplicó él.

―Soy lo más real que has conocido. Esto no es un sueño.

―No me da miedo morir. Nadie me espera. No me importa el dinero, ni el trabajo, ni mi cuerpo. Te quiero a ti. Todo lo demás es polvo en una tormenta de verano ―declaró el hombre.

Su corazón se encogía ante la posibilidad de que lo rechazase, de que el anhelo más importante de su vida no se cumpliese.

Y entonces ella lo miró amorosamente y le dijo:

―Vivo llorando hace eones porque jamás he podido amar o ser amada. Tú llegas y te ofreces a mí dulcemente, sin temor. Siento la intensidad de tu cariño, de tu deseo. Eso me conmueve y sacia mi hambre por toda una eternidad. Me entrego a ti, porque es también mi voluntad. Con nadie experimentarás la plenitud como conmigo. A nadie podrías darle tu corazón tan abierto como me lo das a mí, jamás lo dañaré, mis manos son las alas de una mariposa. Nadie sabe amar tan plenamente, sin condiciones. Mis ojos te observan y penetran hasta donde tú mismo no has llegado nunca. Sé y comprendo cuál es tu ideal de la felicidad y del placer para llevarte a lo que concibes como el paraíso, para darte eso que tu espíritu anhela y jamás ha nombrado. Pero debes saber, Rosendo, que soy como las sirenas, si escuchas la belleza de mi canto enloquecerás y acabarás en los arrecifes. Aún estás a tiempo de descansar de tu vida, en paz. RIP. Si renuncias y vives lo prohibido, recuerda que encadeno los espíritus a través del placer y la felicidad, para siempre. No habrá olvido, ni sosiego. Piensa en ello ―advirtió.

 ―Deseo tu amor, estar contigo y poder quererte. ―le respondió.

Las nubes habían desaparecido de sus ojos, las pupilas resplandecían, luminosas, ambarinas. Era una mirada felina. De un salto subió al lecho, se evaporó la ropa y cayó desnuda sobre sus rodillas. Gateando, insinuante, se acercó a él. Le ofreció sus senos. Rosendo sintió la tremenda erección en su cuerpo desnudo y ello alimentó el volcán de su deseo. Sus manos se tendieron hacia ella. La habitación perdió corporeidad, las paredes se desvanecieron… Solos, en la inmensidad del espacio tibio y acogedor, sus cuerpos ardientes se encontraron, se acariciaron, se besaron, se saborearon. Apareció la sed, la sed intolerable de estar separado de ella. Sed que solo podía saciar fundiéndose en Tristania. La atrajo hacia sí, notó sus manos aferradas a sus nalgas, apretándose contra él, mezclándose con él, atravesándose con él, hasta desaparecer uno dentro del otro, una y otra vez, con intensidad infinita, solo anclados por la pasión, el epicentro del universo. Dos sexos y un solo cuerpo. El andrógino de Platón. Ahora lo entendía, ahora lo vivía. En algún lugar sonaba O Fortuna incrementando el éxtasis.

Miró a los ojos de Tristania, presintió que sería la última vez que vería a aquella mujer, un trozo de cielo negro lleno de estrellas, y le pareció ver una lágrima bajando por la mejilla. Estaba llorando, y lloró con ella, de alegría, de tristeza, no importaba. La abrazó aún más fuerte y sintió en su interior la llegada de un orgasmo, una erupción de placer sin límites, y se abandonó a la dicha. Se estaba yendo, disolviéndose, abandonándose en aquellos brazos, la mujer de su vida, de todas las vidas juntas, las esposas y amantes que fueron y serán. Sintió la explosión de sus fluidos, de su conciencia convertida en un río de sensaciones de lava ardiente que lo arrastraba, vaciándolo de sí mismo en ella. Como la burbuja en la ola de mar que regresa al océano, perdiendo todo rasgo individual, los límites no existieron; solo reinó una oscuridad insondable, sin principio ni fin, aterciopelada y cálida. Ni ella, ni él. Una matriz tibia y suave lo acogió. Silencio. Quietud.

Una pequeña agitación en el vacío acogedor que lo envolvía, un rumor sordo, una pequeña claridad a lo lejos. Volvió la conciencia y entendió, ahora, la cadena que lo ataba, el no olvido, el recuerdo de ella. Deseaba llorar pero no pudo. Su nariz y boca estaban llenas de fluidos. La claridad se hacía más intensa, algo lo arrastraba. Lo rodeaba la luz, su pecho se expandía y llenaba de aire. Toda su comprensión se transformó en rabia, y la rabia en un grito de impotencia, y lloró y lloró por Tristania…

Fragmento del relato Tristania.

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