El primer libro y la memoria

calvino_italo“Esta novela es la primera que escribí, casi lo primero que escribí. ¿Qué puedo decir de ella? Diré esto: el primer libro sería mejor no haberlo escrito nunca.

Mientras el primer libro no está escrito, uno posee esa libertad de empezar que sólo puede usar una vez en la vida; el primer libro ya te define, mientras que tú en realidad todavía estás lejos  de ser definido; y esa definición tendrás que arrastrarla toda la vida tratando de darle una confirmación o de ahondarla, o de corregirla o de desmentirla, pero sin poder prescindir de ella nunca más. Y todavía más: para los que de jóvenes empezaron a escribir después de una de esas experiencias con “tanto que contar” (la guerra en éste y en muchos otros casos), el primer libro se convierte enseguida en un diafragma entre tú y la experiencia, corta los hilos que te atan a los hechos, quema el tesoro de la memoria, aquello que se hubiera convertido en un tesoro si hubieses tenido la paciencia de custodiarlo, si no hubieses tenido tanta prisa por gastarlo, por despilfarrarlo, por imponer una jerarquía arbitraria entre las imágenes que habías almacenado, por separar las privilegiadas, presuntas depositarias de una emoción poética, de las otras, las que parecían concernirte demasiado, o demasiado poco para poder representarlas; en resumen, de instituir por prepotencia otra memoria, una memoria transfigurada en lugar de la memoria global con sus confines difuminados, con su infinita capacidad de recuperaciones. La memoria no se recuperará jamás de la violencia a la que los has sometido escribiendo: las imágenes privilegiadas se quemarán por su precoz promoción a motivos literarios, mientras que las imágenes que has querido tener en reserva, quizá con la secreta intención de servirte de ellas en obras futuras, se deteriorarán por haber sido cercenadas de la integridad natural de la memoria fluida y viviente. La proyección literaria en la que todo es sólido se ha fijado de una vez por todas, ha ocupado ya el terreno, ha descolorido, ha aplastado la vegetación de los recuerdos en la que la vida del árbol y la de la brizna de hierba  se condicionan mutuamente. He aquí que la memoria —o mejor la experiencia, que es la memoria más la herida que te ha dejado, más el cambio que ha operado en ti y que te ha hecho diferente—, la experiencia, primer alimento incluso de la obra literaria (pero no sólo de ella), riqueza verdadera del escritor (pero no sólo de él), apenas has dado forma a una obra literaria, se seca, se destruye. El escritor termina por ser el más pobre de los hombres.

Miro pues hacia atrás, miro la estación que se me presentó atestada de imágenes y de significados: la guerra partisana, los meses que contaron como años y de los cuales uno tendría que poder obtener durante toda la vida rostros y advertencias y paisajes y pensamientos y episodios y palabras y conmociones; todo es lejano y brumoso, y las páginas escritas ya polemizan con una memoria que era todavía un hecho presente, macizo, que parecía estable, dado de una vez por todas: la experiencia…y no me sirven, necesitaría todo lo demás, exactamente lo que no está. Un libro escrito no me consolará nunca de lo que he destruido al escribirlo: esa experiencia que, custodiada durante todos los años de mi vida, tal vez me hubiera servido para escribir el último libro, y que sólo  me bastó para escribir el primero”.

Italo Calvino.

Fragmento del prefacio, del autor, para la edición italiana de 1964 de El sendero de los nidos de araña.

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