Domingo de melancolía

            Mañanas de domingo, de días calmos y luminosos, en que las horas se deslizan perezosamente, con cierta fatiga, sin prisa por concluir su jornada, estirándose. Convertido el paso del tiempo en un bostezo entre doloroso y placentero, predisposición (todo el día por delante) y abandono (¿para qué?). Uno tiene la sensación de que el mundo se ha detenido y, curiosamente, no es nada preocupante. Te conviertes en parte de aquello que te rodea, la eternidad, la melancolía del pasado.
Si miro a derecha, la via del Roscetto asciende, entre altas sombras que el sol va aclarando mientras trata de alcanzar el suelo, hacia el centro, hasta el duomo. Allí en el calvero que forma la piazza di Santa Maria la Nuova, bajo el sol, el bosque de piedras se abre, como una flor. Surgen individuos diferenciados, una Cappella di San Fortunato, frente a la Chiesa di San Severo, el tempio di Minerva, junto a la tumba de un noble, palazzo e fontana, reliquias viejas, viejísimas, sacras unas, paganas otras, ciclópeas o discretas, medievales, romanas o etruscas, todas muestran sus carnes, sus piedras roídas y gastadas al sol. La muerte todo lo iguala, el esplendor y la miseria, los monumentos seculares ahora no son más que ancianos tratando de aliviar reumáticos dolores que la edad y las húmedas noches agravan. Las rocas desprenden una neblina imperceptible…pareciera que las piedras también respiran.
Salgo a la calle, giro a la izquierda, me adentro en la via pinturicchio, una calle sinuosa que desciende sombría, nadie ha llegado nunca a su fin(al menos que yo conozca), allí no llegan nunca los rayos del sol, es una calle oscura y tranquila, una calle que te lleva al pasado, no solo por la antigüedad mohosa de las piedras y adoquines desgastados por pies, patas y carruajes, sino porque la modernidad(los vehículos de cuatro ruedas) no puede franquear sus estrechas paredes. Solo peatones, ciclistas o motos, pero un zumbido se acerca interrumpiendo mis pensamientos y al verla pasar sonrío, un’ape azzurra sube zumbando fatigosamente la cuesta entre una nube de humo del mismo color que la carrocería. Mi dispiace, me excuso mentalmente ante mi lamentable olvido, mientras sonrío, cuando pasa a mi lado aquella diminuta cuadriga motorizada. Un petardeo irritado acomete el tramo final y una nube de humo se eleva entre la colorida ropa tendida en los balcones. Luego el silencio de nuevo.
De una ventana abierta sale una canción, asomándose al mundo, melodiosa, triste. Luigi Tenco, lo reconozco, es inconfundible. Se suicidó el mismo día en que yo celebro mi cumpleaños, de un tiro en la cabeza, con el corazón roto por una mujer, tenía veintiocho años. Tenemos algo en común. Su canción Un giorno dopo l’altro, me sumerge de nuevo en un largo domingo de melancolía.

(Traducción libre, según yo la siento)

Un día tras otro

Un día tras otro
El tiempo se va
Las calles siempre iguales,
Las mismas casas.
Un día tras otro
Y todo continua igual
Un paso tras otro
La misma vida.
Y los ojos buscan alrededor
Aquel futuro que habían soñado
Pero los sueños son todavía sueños
Y el futuro es ahora casi pasado
Un día tras otro
La vida se va
Mañana será un día igual a ayer.
La nave ya ha dejado el puerto
Y desde la orilla parece un punto lejano
Alguien esta noche
Vuelve desilusionado a casa, despacio, despacio.
Un día tras otro
La vida se va
Y la esperanza ya es costumbre.

L.Tenco