Fieras

Se levanta por la noche. Enciende la lámpara de la mesita. Entra al baño en penumbra, y ve la sombra en el espejo y dos ojos amarillos mirándola. Permanece de pie, aterrorizada, inmóvil. “Sobre todo, no corras”. Transcurren unos segundos, no pasa nada, no se abalanza ninguna bestia sobre ella. Da la luz. Mira sus ojos en el espejo, traspasa la puerta de las pupilas y, allí dentro, en el fondo de la retina, un tenue fulgor ambarino reluce.

Copia de mirrorFragmento de Fieras.

El Jardinero

El JARDINERO

Se acababa el hanami, la contemplación de las flores del cerezo. En su máximo esplendor y belleza, las efímeras flores se desprendían por miles de sus ligeros pétalos rosados, y caían perezosamente, suspendidos en el aire, atenuando todo movimiento y prolongando durante unos instantes más el espectáculo de su etérea belleza.
Era un momento que el viejo Noguchi amaba especialmente. Gustaba de pasear entre los árboles sintiendo los sutiles golpecitos de los pétalos en su rostro y la ausencia de sonido que producían sus sandalias al deslizarse por los senderos blancos. Su espíritu captaba la esencia viva de aquel momento. Aquellos pétalos cayendo le recordaban su propia vida y el no retorno del pasado, la lentitud de una existencia extinguiéndose plácidamente tras un ayer no exento de sufrimiento, esplendor y honorabilidad.

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Noguchi era monje y jardinero en el monasterio zen de Ryoan-Ji, en Kyoto, donde era un venerado sensei —maestro— en el arte de la jardinería. Como únicas herramientas de su arte, un gastado rastrillo de bambú y sus manos; como materia de sus jardines, una extensión de arena blanca y un número impar de piedras. El anciano deslizaba el rastrillo a lo largo del jardín describiendo movimientos ondulantes sobre la arena y trazos como un pintor sobre una tela. El viejo Noguchi había captado el secreto de dar vida a la esencia oculta tras las apariencias externas, por eso evitaba cualquier otro elemento que distrajese la atención del espíritu. La arena devenía en agua que bañaba las costas de islotes en círculos concéntricos y excéntricos, y las corrientes marinas se transformaban en olas que acariciaban la playa.
El monje era ciego. No nació así.
En un pasado lejano, sus padres, temerosos de que aquel hijo de aspecto enfermizo no pudiera afrontar los rigores de la vida, decidieron que la mejor manera de endurecer su físico y su carácter era someterlo a alguna disciplina del antiguo bushido, el camino del guerrero.
La Omory-Ryu, la severa y famosa escuela de kendo —la vía de la espada—, se encontraba no muy lejos, al pie de la montaña, y allí, por indicación de sus padres, se presentó un día. Y continuó asistiendo durante largos años, adquiriendo gran destreza con la katana, bajo la tutela del maestro Kuroda, hasta llegar a ser uchi-deshi, ayudante personal del mismo, y digno sucesor en la transmisión de la enseñanza. Pero los Kami, espíritus que rigen los destinos de los hombres, tenían el suyo decidido.
En la tercera década de su vida, durante el entrenamiento diario, al pie del monte Nara, en un claro del bosque, entre frondosos cedros azules y arces dorados anunciando el invierno, un resbalón de Uemura, su oponente, sobre una roca cubierta de musgo, le produjo un corte involuntario sobre la sien derecha y dio con él en tierra. Mientras perdía la conciencia, tendido en el suelo, veía las cercanas ramas de un enebro enano cambiar lentamente del verde esmeralda al negro. Cuando despertó, no podía ver. Achacó el suceso a su karma nefasto que, como una ola gigante, avanzaba sobre su vida destruyendo todo a su paso e inundando de desdicha su ser. Primero fue la pérdida de Aiko, su amada, de la cual ni el recuerdo le estaba permitido, pues el dolor estaba allí, penetrante como el filo de una espada que se introducía lentamente en su corazón, cortando y separando el pasado de un presente sin ella.

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Dijo un antiguo sabio: “Cuando un pez nada, sigue nadando sin que el agua se acabe. Cuando un ave vuela sigue volando y el cielo no tiene fin. Jamás un pez nadó hasta salirse del agua, ni un ave voló hasta escaparse del cielo”.
Como un pez nadando en un lago grande y profundo, había nadado en las aguas de la vida y en la sonrisa de Aiko, y el agua, así como su felicidad, nunca se acababa. Con la muerte de ella, su mundo quedó reducido a un pequeño estanque de lotos amarillos y rosados, donde permanecía oculto bajo las piedras del fondo, ajeno a la belleza que lo rodeaba. Pero fue con la posterior ceguera cuando su mundo se convirtió en un minúsculo, vacío y frágil recipiente donde nadaba dando vueltas sin fin alrededor del pozo negro y sin fondo de la locura.
Sin saber qué hacer con su vida y a instancias de sensei Kuroda, una vez curada su herida física, abandonó la escuela y se dirigió al monasterio más cercano, buscando refugio y fortaleza espiritual para afrontar la nueva situación. Había acabado el invierno y el aroma de las flores de cerezo flotaba en el aire, las umbelas de los abetos y los cedros crecían nuevamente, y de los brotes tiernos emanaba una tenue fragancia balsámica. Sobre su cabeza, una bandada de escandalosos cisnes se dirigía a los lagos del norte.
Una vez llegado al monasterio, el compasivo abad le ofreció un lugar donde cobijar su cuerpo y sosegar su mente, y un cuenco de arroz del que comer a cambio de pequeñas ayudas en la cocina.
Y allí sigue desde entonces. Los hechos de su vida, posteriores a su llegada al monasterio, son una larga historia, que otro día os contaré. Lo que sí debéis saber es que los monjes más ancianos comentan que la ceguera fue una gran bendición, para él y para todos. Al perder la vista, su espíritu obtuvo la visión más allá de los límites de los sentidos, y también la posibilidad de transmitir esa percepción a los demás. Muchos son los visitantes que se acercan a los jardines de Ryoan-Ji y admiran los surcos en la arena y las rocas emergentes, y elogian la labor del anciano, la perfección de su trabajo y la maestría en captar el paisaje vivo. Muchos son los que perciben únicamente la forma exterior, lo manifestado.
Pero… Se dice que hay personas que trascienden la forma externa y penetran en lo no-manifestado, allí donde los ojos y la mente no llegan, donde la transmisión simbólica se hace de espíritu a espíritu. I shin den shin.
Cuentan que si te inclinas hacia delante, en los paisajes de arena del viejo Noguchi puedes ver la imagen de tu interior reflejada en el agua.

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Q. M.
Ilustraciones: Eva Sánchez Gómez  http://www.evasanchez.cat/

Este relato, ahora corregido y revisado, se publicó con las ilustraciones que lo acompañan en la revista Colors nº 20, de la Fundación Adis para personas discapacitadas, en diciembre de 2008.

Miedo

La noche caía, las estrellas se reflejaban frías sobre el agua y la luna se deslizaba espectral sobre las cimas, despertando a las sombras de las rocas, a las peñas y a los pinos muertos, que se alzaban y se movían siguiéndola. El viento agitaba las hierbas murmurando lenguas desconocidas, silbando entre las frondas oscuras, imitando gritos de agonía, lamentos y llantos de los que allí habían muerto ahogados. El miedo había arraigado en mí y se intensificaba creando monstruos pavorosos que amenazaban con salir del agua para arrastrarme con ellos. Corrí con todas mis fuerzas, sin mirar atrás, por el sendero iluminado por la última claridad cárdena y la luna llena.

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Lectura conjunta de Hojas de Otoño

A principios de otoño, el grupo de lectura de Puigcerdá, Rient tot fent tertúlia, me comentó que habían elegido “Hojas de Otoño” como propuesta de lectura conjunta. ¿Una coincidencia? Aunque en su momento me comunicaron que el día de la tertulia, valoración y comentarios les hubiese gustado contar con mi presencia, por razones familiares no pudo ser.
Me comentaron por teléfono que había gustado mucho y que había propiciado un animado debate. Les pedí si podían hacerme llegar su opinión por escrito, y me enviaron un correo electrónico cuyo contenido copio.
Desde aquí agradezco la atención que han tenido conmigo, tanto al tenerme en consideración para sus lecturas como por la gentileza en el trato posterior.
Espero que en un futuro se materialice la posibilidad de un encuentro con este entrañable grupo con motivo de la lectura de una próxima creación.

 
“Hace aproximadamente un mes, nuestro grupo de lectura “Rient tot fent tertúlia” decidió leer Hojas de otoño, de Quirico Molina, un conjunto de 12 cuentos cortos de gran profundidad humana que te invitan a no abandonar la lectura.
Los relatos desprenden un gran conocimiento del autor de la filosofía oriental, el amor a la naturaleza y el respeto al ser humano, utilizando hábilmente la metáfora, la personificación y la comparación, recursos literarios que domina en profundidad.
Es capaz de transmitir a través de sus relatos, sutilmente elaborados, percepciones sensoriales que transportan al lector a un mundo imaginario de gran riqueza, agudizando los sentidos y evocando imágenes y sensaciones interiorizadas.
Como grupo literario compuesto por personas de distintos gustos y orígenes creemos que es una lectura muy recomendable y animamos a otros lectores a disfrutar del libro.”

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Reseña Hojas de Otoño

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Opinión
Otro libro que me ha encontrado por estos mundos de las letras, y otra vez gracias al destino cae en mis manos, como caen esas bellas hojas de otoño que contiene. Es un libro de relatos, pero un libro de relatos, para mí magistral. No conocía al autor y la verdad es que me inclino ante él, porque no solo es original, sino que cada relato es tan diferente… Hay un Otoño que te cuenta una vida, y que te atrapa y sorprende, un Tatuaje, de una tinta que te impregna, un Loco, con el que he soñado varias noches y no sé porqué. Una Bendita Inocencia, que me hizo lanzar una sonora carcajada cuando todo el mundo me miraba, una gorila que me ha llegado al alma. Ese Dendrón, de belleza mágica e inigualable, Tristania… Todos ellos son grandes, enormes, bellos, llenos de sensualidad, sugerentes, algunos de ellos transmiten un amor por la naturaleza, unas descripciones tan detalladas, tan precisas que te hacen perder la noción del espacio y del tiempo, y entras dentro de ellos y cuando te has querido dar cuenta se ha terminado y tú lanzas un suspiro intentando que la magia no te deje, que se quede contigo un poco más. Antes de escribir la reseña, lo he leído dos veces, tengo que decirlo, porque me ha parecido sencillamente delicioso. Me ha acompañado en mi bolso a muchos sitios y en muchas situaciones y me ha hecho soñar, y me ha hecho llorar…de puro sentimiento, que no de tristeza, ha hecho que se remueva mi interior con su calidez y a la vez dureza, con su magia. Si es capaz de transmitir así en pocas páginas, de qué será capaz si se decide a dar el salto a escribir una novela, lo único que sé es que yo estaré ahí esperando para leerlo, agazapada, escondida, esperando dejarme hipnotizar…Aunque no me importaría seguir leyendo relatos así… o no dicen que los perfumes más caros se guardan en los envases más pequeños…
Si podéis leedlo, haceros con él, os aseguro que no os defraudará.
Saludos y nos vamos leyendo.

Para saber más:

http://laisladelasmilpalabras.blogspot.com.es/2014/04/hojas-de-otono-de-quirico-molina-jimenez.html

 

Agradecimientos

Como decía Robert McKee en la entrada anterior: “Hay algo que late en el corazón de todo relato mucho más profundo que las meras palabras”. Algo intangible compuesto de fragmentos de vida, pensamientos y emociones, amasado con el fluido etéreo y el polvo estelar que da forma a los sueños. De todo ello surgió el libro y hoy ya va por la segunda edición.

A veces hay personas que me comentan tal o cual relato entusiasmadas o me hablan de un pasaje concreto de un cuento. Y lo releo y me redescubro a mi mismo a través de las opiniones de otros y me sorprendo y emociono de aquello que he escrito, como si no fuese yo el autor.

Esta entrada es para agradeceros  a todos los que formáis parte de este sueño colectivo, por haberlo hecho posible con vuestra aceptación y apoyo continuo.  Gracias.

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Realidad y ficción

“Pensaba que te conocía después de tantos años y estaba equivocada. No conozco para nada al que ha escrito este libro. No puedo encontrarte entre sus páginas. No es algo bueno ni malo, no me lo esperaba…”
Esto me lo dijo una persona, una vieja amiga, en el acto de presentación del libro.
Y es que a veces la realidad supera la ficción y el autor es más sorprendente que aquello sobre lo que escribe. A veces no se distinguen los límites entre la imaginación y la vida. Y disfrutamos con ello, desdibujando los horizontes deliberadamente. Uno tiene a veces una sensación de deshonestidad, de no haber sido totalmente sincero con los que te rodean, de no haberte mostrado como ellos esperaban que fueses, pero es una sensación fugaz, porque la escritura es un viaje de descubrimiento, una aventura hacia rumbos desconocidos, donde muchas veces el primer sorprendido es el que escribe.