El círculo de los gorilas

En noviembre del 2013 hice una entrada en el blog con el título de Gorilas. Esto que viene a continuación sería la sustitución de la misma y, al mismo tiempo, la precuela, los orígenes del círculo que gira en torno a ellos.
Al igual que a Ray Bradbury, a mí, los gorilas, entre otra infinitud de seres interesantes, me han llamado siempre la atención. ¿Desde cuándo? Recuerdo a King Kong, la versión de 1933 de la RKO, con Fay Wray, la única que se conoció durante muchas décadas, la vi en televisión siendo un niño. No recuerdo si llevaba los dos rombos (clasificación para adultos). Ahora os reiríais, especialmente los más jóvenes, pero entonces me asustó bastante.

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También me asustaban aquellas películas antiguas de Tarzán con Johnny Weissmüller y Chita de los años treinta y cuarenta. Las tribus negras, algunas caníbales, sus cánticos y danzas, aquella teatralidad a cámara rápida capturando y matando exploradores. Sí, tenía pesadillas por la noche, la imaginación ya comenzaba a ser un terreno bastante fértil y las profundidades de la jungla rodeaban mi cama convertida en la cabaña del árbol. Más tarde, llegué a descubrir que el creador del personaje, Edgard Rice Burroughs, había escrito alguna novela notable de ciencia ficción. Encontré La princesa de Marte en un mercadillo de segunda mano, muy interesante, supe que era una de sus creaciones más conocidas, exceptuando al Rey de la selva.

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En el universo infantil no se distinguía mucho entre homínidos, monos, simios o primates, simplemente había algo que atraía: la semejanza, pese a las diferencias evidentes. No eran tan distintos de nosotros aunque no supiéramos ni el ¿cómo? ni el ¿por qué? No necesitábamos respuestas ni conocimiento científico, solo nos maravillaba la magia de esos seres peludos, había un auto-reconocimiento “familiar”, por llamarlo de algún modo. Teníamos la sabiduría de la inocencia y el don de ver las cosas sin prejuicios.
En la adolescencia, conocí El planeta de los simios, con Charlton Heston y Roddy McDowall. De finales de los años sesenta. Ciencia ficción y simios ¡una mezcla explosiva! ¡Me encantó! Me faltó tiempo para comprar el libro que había inspirado la película, del autor francés Pierre Boulle. Era apasionante descubrir la Teoría de la Relatividad de Einstein, un viajero espacial que se embarca en una nave y se desplaza a una velocidad cercana a la de la luz durante cierto periodo temporal, tiene una experiencia distinta del tiempo a la de un espectador que lo observa en la Tierra. Para el astronauta el tiempo transcurre con normalidad, pongamos unos meses, pero cuando regrese a la Tierra, se dará cuenta de que han pasado centenares de años.

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En 1988, casualmente, se estrenan dos películas donde los gorilas cobran un mayor protagonismo. Me gustaron, abordaban temáticas bien distintas. Una de ellas se llama Evolución: Experimento mortal, trata sobre una gorila que es fecundada con esperma humano, con sus reflexiones morales y sus posteriores consecuencias. La otra: Gorilas en la niebla, basada en la vida de Dian Fossey y su estudio de los gorilas de montaña, interpretada por Sigourney Weaver.

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Ya acabo…No entraré en detalles sobre posteriores versiones y secuelas de las películas mencionadas, ni de otras. Ni tampoco mencionaré literatura que aborde esta temática. Solo quería dejar constancia de la primera huella sobre la nieve primigenia, la que te marca, la que permanece solidificada en la memoria, y todo ello pese a las deficiencias técnicas de la época y los decorados de cartón-piedra,…pero la fantasía añadió colores a aquellas películas en blanco y negro, imaginó efectos especiales y añadió más sensaciones de las que la pantalla mostraba. Y es que el cine y la literatura tienen un componente comparable a la grandiosidad del océano, si acudes al mismo con un vaso solo puedes llevarte un vaso de agua, si vas con un cubo puedes llevarte mucha más cantidad…el mar no es tacaño, sino inmensamente generoso, cada uno extrae del mismo en función del recipiente que somos y la capacidad de visión y plenitud que todos poseemos.
A mediados de los noventa escribí un relato sobre una gorila y la relación emocional que se establece con su cuidador. Era inevitable, una de las mejores premisas para un narrador es escribir sobre aquello que te gusta, sobre tus temas. La pasión, la autenticidad se percibe a través de las letras mucho más que la técnica. Ese cuento se llamó Makiki. Recientemente lo he ofrecido como colaboración a la ONG Proyecto Gran Simio, para ayudar a difundir un poco la conciencia sobre estos seres prodigiosos en peligro. Lo han aceptado con agradecimiento y me han comentado que lo van a colocar en el sitio web. Yo les estoy agradecido a ellos porque me hace mucha ilusión cerrar el círculo de esta forma, junto a nuestros familiares peludos.

http://proyectogransimio.org/que-es-el-pgs

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Foto de David Pluth – http://www.fotografx.biz/

Cuando esté subido lo notificaré, con el enlace correspondiente, por si os apetece leerlo. Dejo un fragmento:

“Para ella, las personas y curiosos eran inexistentes a sus ojos, las miraba sin verlas, captando solo sus acciones. Seres sin rostro ni cuerpo, fantasmas vestidos. En cambio, a Pedro lo seguía con la mirada siempre que estaba al alcance de sus ojos. Una mirada enigmática e impenetrable, cortina oscura tras las que brillaban estrellas de otras tierras llenas de misterios. Mi hermano lo sabía y estaba orgulloso, se notaba en sus andares presuntuosos, e incluso desafiantes para los demás trabajadores. Parecía el macho dominante de una manada de hembras, solo le faltaba orinarse por los rincones del recinto para marcar el territorio.
Burlonamente le llamaban: Tarzán. Yo no le di importancia, pese a que mi cargo directivo me hubiese permitido dar un toque de atención y solicitar respeto, pero no quería que me tildaran de hermanito protector y metomentodo. Internamente pensaba que no estaría mal que se sintiese ridículo, quizás ello le haría darse cuenta de que su actitud era poco profesional, más propia de un adolescente que de un encargado de departamento. Le advertí sobre lo excéntrico de su actuar, sobre lo que se comentaba a sus espaldas, cuando entró en un proceso casi autista en su trabajo. De alguna manera, aquel vínculo con la gorila estaba despertando en él aspectos cada vez más cercanos al comportamiento de los primates que al de los hombres. Se escondía en la selva profunda e impenetrable de su mente. Solitario y huraño durante el día. Sus ojos enrojecidos, su aspecto demacrado y descuidado, indicaban la falta de descanso. Por la noche, él se sentaba dentro de la jaula y se les veía hablar de forma animada. Dejaban de hablar mientras Pedro escribía en la libreta o mordisqueaba el lápiz con gestos de asombro y, a veces, de ensimismamiento. Aunque le advertí, en reiteradas ocasiones, sobre lo peligroso de aquella acción, él le restaba importancia, decía que era totalmente inofensiva y que no había nada que temer.
―Soy su cuidador preferido, me adora ―fueron sus palabras. Tenía razón, el lenguaje corporal era tan expresivo que no había lugar a dudas. Se atraían mutuamente, saltaba a la vista. Recuerdo que un atardecer, al acabar la jornada, me acerqué para despedirme, sabedor de dónde buscarlo, y los encontré cogidos de la mano. Al oír mis pasos, se sobresaltaron e interrumpieron el contacto.
―No hacemos nada malo ―dijo con un tono entre ofendido y avergonzado, como un adolescente pillado “in fraganti”.
―No te estoy acusando de nada, no te preocupes, solo venía a saludar ―le respondí, sin haber asimilado aún lo que acababa de ver. No era el hecho de cogerse las manos, cosa habitual entre primates y sus cuidadores, sino que Pedro había sonrojado visiblemente y ella bajó la cabeza sin mirarme.
A raíz de mi insistencia sobre la necesidad de tomarse un descanso en el trabajo, de desconectar para restablecer su salud emocional, notoriamente afectada, me dijo:
―Los sentidos en general y los sentimientos en particular, así como el deseo, son más antiguos que la inteligencia. Son la fuerza de la vida en estado puro y primigenio, antes de la paralización del conocimiento, propio de los hombres, de lo que su mente considera y cree correcto y verdadero. Estoy dejando de juzgar lo correcto e incorrecto, lo moral o inmoral en mi actitud. Simplemente estoy aprendiendo a vivir en un mundo anterior a todo lo concebido por la mente humana. Yo diría que el paraíso, antes de que los hombres y sus dioses diferenciasen entre el bien y el mal. Makiki y los suyos nunca salieron de él. ¿Entiendes?
Después de aquella conversación, que me dejó mudo, cavilando en silencio, sobre los misterios que encierra la vida y la mente, no volví a hablar con él, ni lo vi de nuevo hasta el día que lo encontré muerto”.

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