El círculo de los gorilas

En noviembre del 2013 hice una entrada en el blog con el título de Gorilas. Esto que viene a continuación sería la sustitución de la misma y, al mismo tiempo, la precuela, los orígenes del círculo que gira en torno a ellos.
Al igual que a Ray Bradbury, a mí, los gorilas, entre otra infinitud de seres interesantes, me han llamado siempre la atención. ¿Desde cuándo? Recuerdo a King Kong, la versión de 1933 de la RKO, con Fay Wray, la única que se conoció durante muchas décadas, la vi en televisión siendo un niño. No recuerdo si llevaba los dos rombos (clasificación para adultos). Ahora os reiríais, especialmente los más jóvenes, pero entonces me asustó bastante.

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También me asustaban aquellas películas antiguas de Tarzán con Johnny Weissmüller y Chita de los años treinta y cuarenta. Las tribus negras, algunas caníbales, sus cánticos y danzas, aquella teatralidad a cámara rápida capturando y matando exploradores. Sí, tenía pesadillas por la noche, la imaginación ya comenzaba a ser un terreno bastante fértil y las profundidades de la jungla rodeaban mi cama convertida en la cabaña del árbol. Más tarde, llegué a descubrir que el creador del personaje, Edgard Rice Burroughs, había escrito alguna novela notable de ciencia ficción. Encontré La princesa de Marte en un mercadillo de segunda mano, muy interesante, supe que era una de sus creaciones más conocidas, exceptuando al Rey de la selva.

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En el universo infantil no se distinguía mucho entre homínidos, monos, simios o primates, simplemente había algo que atraía: la semejanza, pese a las diferencias evidentes. No eran tan distintos de nosotros aunque no supiéramos ni el ¿cómo? ni el ¿por qué? No necesitábamos respuestas ni conocimiento científico, solo nos maravillaba la magia de esos seres peludos, había un auto-reconocimiento “familiar”, por llamarlo de algún modo. Teníamos la sabiduría de la inocencia y el don de ver las cosas sin prejuicios.
En la adolescencia, conocí El planeta de los simios, con Charlton Heston y Roddy McDowall. De finales de los años sesenta. Ciencia ficción y simios ¡una mezcla explosiva! ¡Me encantó! Me faltó tiempo para comprar el libro que había inspirado la película, del autor francés Pierre Boulle. Era apasionante descubrir la Teoría de la Relatividad de Einstein, un viajero espacial que se embarca en una nave y se desplaza a una velocidad cercana a la de la luz durante cierto periodo temporal, tiene una experiencia distinta del tiempo a la de un espectador que lo observa en la Tierra. Para el astronauta el tiempo transcurre con normalidad, pongamos unos meses, pero cuando regrese a la Tierra, se dará cuenta de que han pasado centenares de años.

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En 1988, casualmente, se estrenan dos películas donde los gorilas cobran un mayor protagonismo. Me gustaron, abordaban temáticas bien distintas. Una de ellas se llama Evolución: Experimento mortal, trata sobre una gorila que es fecundada con esperma humano, con sus reflexiones morales y sus posteriores consecuencias. La otra: Gorilas en la niebla, basada en la vida de Dian Fossey y su estudio de los gorilas de montaña, interpretada por Sigourney Weaver.

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Ya acabo…No entraré en detalles sobre posteriores versiones y secuelas de las películas mencionadas, ni de otras. Ni tampoco mencionaré literatura que aborde esta temática. Solo quería dejar constancia de la primera huella sobre la nieve primigenia, la que te marca, la que permanece solidificada en la memoria, y todo ello pese a las deficiencias técnicas de la época y los decorados de cartón-piedra,…pero la fantasía añadió colores a aquellas películas en blanco y negro, imaginó efectos especiales y añadió más sensaciones de las que la pantalla mostraba. Y es que el cine y la literatura tienen un componente comparable a la grandiosidad del océano, si acudes al mismo con un vaso solo puedes llevarte un vaso de agua, si vas con un cubo puedes llevarte mucha más cantidad…el mar no es tacaño, sino inmensamente generoso, cada uno extrae del mismo en función del recipiente que somos y la capacidad de visión y plenitud que todos poseemos.
A mediados de los noventa escribí un relato sobre una gorila y la relación emocional que se establece con su cuidador. Era inevitable, una de las mejores premisas para un narrador es escribir sobre aquello que te gusta, sobre tus temas. La pasión, la autenticidad se percibe a través de las letras mucho más que la técnica. Ese cuento se llamó Makiki. Recientemente lo he ofrecido como colaboración a la ONG Proyecto Gran Simio, para ayudar a difundir un poco la conciencia sobre estos seres prodigiosos en peligro. Lo han aceptado con agradecimiento y me han comentado que lo van a colocar en el sitio web. Yo les estoy agradecido a ellos porque me hace mucha ilusión cerrar el círculo de esta forma, junto a nuestros familiares peludos.

http://proyectogransimio.org/que-es-el-pgs

Makiki

Foto de David Pluth – http://www.fotografx.biz/

Cuando esté subido lo notificaré, con el enlace correspondiente, por si os apetece leerlo. Dejo un fragmento:

“Para ella, las personas y curiosos eran inexistentes a sus ojos, las miraba sin verlas, captando solo sus acciones. Seres sin rostro ni cuerpo, fantasmas vestidos. En cambio, a Pedro lo seguía con la mirada siempre que estaba al alcance de sus ojos. Una mirada enigmática e impenetrable, cortina oscura tras las que brillaban estrellas de otras tierras llenas de misterios. Mi hermano lo sabía y estaba orgulloso, se notaba en sus andares presuntuosos, e incluso desafiantes para los demás trabajadores. Parecía el macho dominante de una manada de hembras, solo le faltaba orinarse por los rincones del recinto para marcar el territorio.
Burlonamente le llamaban: Tarzán. Yo no le di importancia, pese a que mi cargo directivo me hubiese permitido dar un toque de atención y solicitar respeto, pero no quería que me tildaran de hermanito protector y metomentodo. Internamente pensaba que no estaría mal que se sintiese ridículo, quizás ello le haría darse cuenta de que su actitud era poco profesional, más propia de un adolescente que de un encargado de departamento. Le advertí sobre lo excéntrico de su actuar, sobre lo que se comentaba a sus espaldas, cuando entró en un proceso casi autista en su trabajo. De alguna manera, aquel vínculo con la gorila estaba despertando en él aspectos cada vez más cercanos al comportamiento de los primates que al de los hombres. Se escondía en la selva profunda e impenetrable de su mente. Solitario y huraño durante el día. Sus ojos enrojecidos, su aspecto demacrado y descuidado, indicaban la falta de descanso. Por la noche, él se sentaba dentro de la jaula y se les veía hablar de forma animada. Dejaban de hablar mientras Pedro escribía en la libreta o mordisqueaba el lápiz con gestos de asombro y, a veces, de ensimismamiento. Aunque le advertí, en reiteradas ocasiones, sobre lo peligroso de aquella acción, él le restaba importancia, decía que era totalmente inofensiva y que no había nada que temer.
―Soy su cuidador preferido, me adora ―fueron sus palabras. Tenía razón, el lenguaje corporal era tan expresivo que no había lugar a dudas. Se atraían mutuamente, saltaba a la vista. Recuerdo que un atardecer, al acabar la jornada, me acerqué para despedirme, sabedor de dónde buscarlo, y los encontré cogidos de la mano. Al oír mis pasos, se sobresaltaron e interrumpieron el contacto.
―No hacemos nada malo ―dijo con un tono entre ofendido y avergonzado, como un adolescente pillado “in fraganti”.
―No te estoy acusando de nada, no te preocupes, solo venía a saludar ―le respondí, sin haber asimilado aún lo que acababa de ver. No era el hecho de cogerse las manos, cosa habitual entre primates y sus cuidadores, sino que Pedro había sonrojado visiblemente y ella bajó la cabeza sin mirarme.
A raíz de mi insistencia sobre la necesidad de tomarse un descanso en el trabajo, de desconectar para restablecer su salud emocional, notoriamente afectada, me dijo:
―Los sentidos en general y los sentimientos en particular, así como el deseo, son más antiguos que la inteligencia. Son la fuerza de la vida en estado puro y primigenio, antes de la paralización del conocimiento, propio de los hombres, de lo que su mente considera y cree correcto y verdadero. Estoy dejando de juzgar lo correcto e incorrecto, lo moral o inmoral en mi actitud. Simplemente estoy aprendiendo a vivir en un mundo anterior a todo lo concebido por la mente humana. Yo diría que el paraíso, antes de que los hombres y sus dioses diferenciasen entre el bien y el mal. Makiki y los suyos nunca salieron de él. ¿Entiendes?
Después de aquella conversación, que me dejó mudo, cavilando en silencio, sobre los misterios que encierra la vida y la mente, no volví a hablar con él, ni lo vi de nuevo hasta el día que lo encontré muerto”.

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El silencio

“El silencio es el elemento en el que se forman las grandes cosas […] La palabra es a menudo el arte de ensordecer y ocultar el pensamiento […] La palabra es grande, pero no es lo mas grande. La palabra es tiempo, el silencio es eternidad […] La verdadera vida que realmente deja huella, no se vive salvo en el silencio. Si descendéis un segundo a vuestra alma, y pensáis en alguien a quien amasteis profundamente, lo que recordaréis no serán las palabras que dijo ni los gestos que hizo, sino los silencios que habéis vivido juntos, pues es la calidad de esos silencios quien revela la calidad de vuestro amor, de vuestras almas […] Como ninguno de nosotros ignora la sombra poderosa y los juegos peligrosos que habitan en el silencio, por eso lo tememos profundamente. Soportamos con rigor el silencio solitario, nuestro propio silencio; pero el silencio de muchos, el silencio multiplicado, y sobre todo el silencio de un grupo, es una carga sobrenatural donde las almas mas fuertes pierden su poder inexplicablemente. Nos pasamos una gran parte de la vida buscando lugares donde no haya silencio.”

El tesoro de los humildes –  Maurice Maeterlinck

El lápiz y el microrrelato

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Gracias a un mineral, el grafito, podemos plasmar, materializar, aquello que surge del interior cuando escribimos. Sí, ya sé que alguno pensará ¡Qué antiguo, si yo escribo con bolígrafo! o con Montblac, con mi PC, etc. Me retro-transporto a la época de la infancia en que un lapicero o una humilde caja de colores eran ni más ni menos que varitas mágicas de las que surgían maravillas o garabatos, qué más daba. En aquella edad, sin prejuicio alguno, todo era pura creatividad que se descubría a sí misma, llena de asombro. Mirábamos sospechosamente la punta del lápiz ¿Cómo es posible? Nos preguntábamos en nuestra cándida inocencia a medida que veíamos aquello que los trazos iban dibujando. Aquello que surgía de algo que ni siquiera comprendíamos, de una simple punta negra (el mecanismo de las varitas mágicas es realmente sofisticado y esotérico).
¿Cuántas historias no escritas pueden albergar los centímetros de vida de un lápiz?
Si se trata de una novela, un ensayo, un relato largo, apenas nos llega para escribir el inicio, necesitaríamos kilómetros. Pero en cambio para el microrrelato las posibilidades son casi infinitas, un océano ilimitado compuesto de miles, millones, de gotas de agua. Todas iguales, ciñéndose a unas reglas de brevedad, pero al mismo tiempo todas distintas. Cada relato un océano de sugerencias, certezas o dudas…cada microrrelato una miríada de experiencias, dependiendo de cada lector. Un único rayo de luz atraviesa el prisma y se convierte en una galaxia cromática.
La muestra de lo expuesto es evidente en estos tres clásicos:

“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Augusto Monterroso

“Cuando me acosté ya estaba ardiendo”. Robert Fulghum

“Se venden zapatos de bebé, sin estrenar”. Ernest Hemingway

Lo que aprendió del mamut

La niebla llega a la ventana, no se detiene, atraviesa el cristal. Las voces se acallan de repente, ahuyentadas por un zumbido penetrante y agudo. Cuando el pitido cesa, oye el latido de su corazón, que palpita lentamente, alejándose hacia las profundidades. Lo sigue mientras una voz distante y débil llega a sus oídos: “¡Corre! ¡Avisa al doctor, ha entrado en coma!”.
Un manto invisible de frialdad cae sobre su piel desnuda. La humedad lame sus dedos, sus manos, sus pies dentro de las zapatillas de felpa, sus piernas, enroscándose con lentitud a su alrededor, lascivamente, arrastrándose, dejando una sensación de frescor y bienestar que se convierte en un hormigueo. Es lo más parecido a una caricia que siente desde hace tiempo. Nota como la neblina se pasea húmeda y refrescante por su cuello, se desliza eróticamente tras las orejas, regresa a sus pómulos y se detiene con suavidad sobre sus parpados cerrados, apoyando unas manos invisibles. Disfruta de las sensaciones hasta que su cuerpo queda convertido en una superficie palpitante, vibrante. Ha desaparecido todo dolor, ha perdido la conciencia de tener una existencia física. No puede abrir los ojos, no los encuentra, tampoco los necesita. Está girando en el núcleo de una inmensa galaxia, una espiral de energía constituida por células y poros que respiran pausadamente, en expansión hacia los confines del espacio vacío y helado.
¿Estaré muerta?, se pregunta. ¿Y el director de la sucursal?… ¿Y los balances? ¿Y él?… ¿Y los abogados?… A tomar por culo… Una sonrisa se forma en un lugar indeterminado de la nebulosa conciencia.
Aparece una imagen, ¿un recuerdo, una premonición? Está jugando a la salida del colegio con los demás niños. Ha nevado. Empujan una esfera algodonosa y fría para que ruede. Van a hacer un enorme muñeco blanco. Tiene los dedos como carámbanos, los guantes de lana empapados, el cuerpo caliente y sudoroso, excitado por el juego. No lo acaban porque comienza la batalla con bolas de nieve. Ella está en el bando perdedor. Para dignificar su derrota y mostrar su valor, los vencidos deben caminar sobre el estanque helado hasta la isleta situada en medio. El sol se oculta y vuelven a caer copos blandos y lentos.
“¡Venga gallinas, hasta el centro!”, ordena uno de los vencedores. Y los tres avanzan en silencio, lentamente, apoyando los pies con cuidado, tratando de oír el sonido delator que producen las grietas, la señal de alarma para echarse atrás y salir corriendo. El agua cristalizada refleja la luz de las farolas, del cielo apenas llega claridad. En la isla, los cisnes acurrucados con el cuello entre las alas se protegen del frío y dormitan. La nieve sigue cayendo, plumones suaves y blancos de almohada.
La superficie nívea cruje cuando dan el octavo paso, a cuatro metros de la orilla; corren, pero acaban hundiéndose. El pequeño lago no es profundo y ellos saben nadar. Lo peor que puede pasar es hundirse bajo la gélida cubierta y que al intentar salir a la superficie no encuentres el agujero.
“Lola, Lola, vamos, sal…”, oye que la llaman desde la orilla, nota las voces angustiadas. Las niñas lloran, los niños gritan y berrean tanto como sus pulmones les permiten. Le llegan los sonidos lejanos, distorsionados, como las canciones de los vinilos que giran con pocas revoluciones… ”Looolaaaa, Looooolaaa…” Voces de dibujos animados, le da la risa. Siente frío, está aterida, se está congelando, se queda rígida y quieta… Una tibia calidez sustituye la frialdad y un sopor la rodea meciéndola en el olvido.
Se pregunta si su sangre también se está cristalizando, formando hermosas estrellas de cristal de color rubí, fractales artísticos, huellas glaciales únicas de su personalidad. ¿Qué aspecto tomaría una gota de sangre una vez congelada?, ¿cómo se vería en un microscopio? Como hacía aquel japonés, Masaru Emoto, retratos fidedignos de la esencia del agua. ¿Una imagen holográfica de sí misma? La apariencia externa no podría disimular el cielo o infierno del yo íntimo.
Tal vez el cambio no sea individual para cada molécula, quizás en vez de miles de estrellas púrpuras su cuerpo esté adoptando la forma de un copo de nieve gigante, un lucero de cinco puntas, un prototipo de humana belleza de Leonardo Da Vinci. Se siente rígida, sólida, entumecida, como un iceberg. Avenidas carmesíes, conductos dorados y puentes traslúcidos corren entre órganos escarchados, como pequeños caseríos aislados en un mundo de luz opaca, en un paisaje de postal nórdica.
El cuerpo ha dejado de pertenecerle, es propiedad del invierno, del reino boreal, del ártico, es como un mamut siberiano atrapado de repente por la glaciación. Tan rápido sucedió que en su estómago los restos de líquenes, musgos y hierbas no tuvieron tiempo de ser digeridos. Un proceso detenido en el tiempo. ¿Qué se preguntaría un mamut? ¿Tendría conciencia? En el hielo constante y eterno igual no hay tanta diferencia entre ella y él. Quizás la conciencia sea la misma, solo que en otro cuerpo. ¿Acaso el mamut soñaba que era un hombre? No hay prisa por despertar. En la eternidad, ¿qué más dan treinta o cuarenta mil años para un mamut helado? Ojalá sea solo un sueño para él y no llegue a descubrir la pesadilla de una vida humana, frágil, breve y desgraciada.

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Este es un fragmento del relato Lo que aprendió del mamut, al que tengo especial cariño ¿Por qué? Creo que ello es debido en parte a que es uno de mis escritos más incomprendidos y más maduros, desde mi apreciación(por supuesto, nada objetiva). Curiosamente la gente te habla de cuanto les ha gustado tal o cual relato, recuerdan y nombran títulos, y de este, en cambio, nadie comenta nunca nada.

Nubes

“Es un monólogo del último habitante de un pueblo abandonado del Pirineo aragonés. Entre “la lluvia amarilla” de las hojas de otoño que se equipara al fluir del tiempo y la memoria, o en la blancura alucinante de la nieve, la voz del narrador, que está a las puertas de la muerte, nos evoca a otros habitantes ya desaparecidos y nos enfrenta a los extravíos de su mente y a las discontinuidades de su percepción en el pueblo fantasma del que se ha adueñado la soledad”.

La lluvia amarilla, de Julio LLamazares. Ed. Seix Barral.

         A veces, sentado ante el ordenador, me pregunto si esto que escribimos y compartimos son conversaciones o simplemente monólogos. Me pregunto si buscamos respuestas al otro lado de la pantalla, o simplemente el hecho de escribir es la respuesta a la pregunta no formulada. No en vano alguien dijo, sabiamente, que las respuestas surgen del mismo lugar de donde provienen las preguntas. De nosotros mismos. ¿Entonces? Quizá es que ver nuestros propios pensamientos alejados, proyectados fuera, nos permite percibirlos y comprenderlos mejor. Los árboles no dejan ver el bosque. Nos acercamos algo tanto a la vista que se torna borroso, pierde los contornos, se convierte en una pintura impresionista, si la aproximamos más se convierte en una mancha abstracta de color.
El anciano, a las afueras del pueblo, está sentado en un banco viejo y gastado, la mano apoyada sobre el banco es un sarmiento reseco, del mismo color castaño de la madera. La otra mano cubre sus ojos del resplandor del cielo mientras escruta las lejanas nubes tratando de distinguir formas conocidas, como antaño. Su mirada navega entre gasas deshilachadas y espumosos algodones flotando en un mar azul, sus pensamientos en calma ya no se agitan buscando respuestas. Hace tiempo que no tiene preguntas, hace tiempo que en las nubes no se le aparecen rostros.

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Tempus fugit

A menudo me encuentro con la inevitable y típica pregunta ¿Has leído a tal autor? ¿Conoces este libro? Preguntas que se pueden hacer extensivas a todas las variables del arte y del conocimiento, poemas, películas, músicas, etcétera.
En ocasiones, depende del día, uno se siente un poco “avergonzado” de no conocer a tal o cual, que supuestamente deberíamos conocer(y que todo el mundo parece conocer), por tratarse de alguien popular o por ser un clásico, un súper-ventas, un genio, un sabio, un artista. Es indistinta la categoría. Siempre hay carencias, siempre hay lagunas. Se dan a conocer a diario miles de obras que se añaden a las ya existentes. Se trata más bien de una cuestión de selección, de afinidad, de elegir los bocados apetecibles en una mesa repleta de todo tipo de manjares. Los gustos no son coincidentes. Y aún así, aún solo eligiendo lo apetecible, no hay finitud, no hay un punto o un momento en que uno pueda decir: “He leído todo lo que me había propuesto”.
Los budistas, a menudo representan en sus imágenes a deidades sentadas en una flor de loto sobre la que reposa la luna como mullido cojín. Una flor que flota en un océano, sinónimo de infinitud. Dicen que las mencionadas aguas representan el conocimiento humano, que es inalcanzable: a más sabes, más te falta por saber. Por contrapartida, implícitamente, hablan de ignorancia. Y es que estamos compuestos de esa mezcla de saber y desconocimiento, un equilibrio utópico porque los logros posibles y futuros, siempre pesarán más que los logros reales(lo que poseemos por el simple hecho de tenerlo asimilado pasa a fundirse en nosotros, indistinguible de lo que somos).
Pero eso es filosofía. La realidad es diferente. Leo que ha muerto un insigne escritor y su biblioteca será donada a una fundación. Miles de libros qué, independientemente de su valor material, constituyeron en su día el alimento anímico o intelectual de aquella persona. Fueron los bocados que el eligió, nunca a nadie más servirán igual.
Me viene a la mente la frase que dijo un sabio: “La mente es el inmenso trastero donde se acumulan nuestras posesiones.” Todo cuanto poseemos está en la mente, “nuestro conocimiento” nos da la medida en que comprendemos y vemos el mundo. Nuestro conocimiento es algo íntimo y propio, pero no está hecho solo de intelecto.
Y es que a veces todo parece convertirse en una carrera, en un frenesí, en una aceleración para conseguir, para saber más y mejor…
“Pasan muchas cosas en un siglo, sí… Yo diría que hoy en día es aún más tiempo de lo que ha sido a lo largo de la historia. Desde hace unos cuantos años está pasando una cosa muy rara y para mí muy angustiosa. El tiempo, por decirlo de alguna manera, está alcanzando al tiempo. Esto lo he dicho, yo creo, en alguna ocasión… El presente ya es pasado; el presente ya es percibido como pasado. Lo que acontece inmediatamente pasa a engrosar las filas de lo ya pasado. Se pueden buscar ejemplos inocuos. Uno saca un libro, o alguien estrena una película, y en el momento en que ya sale, se puede leer “se estrena”. Ya deja de interesar, o de importar. Rápido: ¿qué viene ahora? Parece como si las cosas, por el mero hecho de hacerse presentes, pasaran inmediatamente hacia el pasado”.
Ha dicho Javier Marías en: http://elpais.com/elpais/2015/02/13/eps/1423835709_080999.html

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Para contrarrestar esa influencia nociva y esa desorientación hipnótica de la sociedad comparto estas coplas del poeta Julio G. Alonso. Una mirada y un sentimiento sereno, una sabiduría que no está en los libros, ni en las cabezas, sino en los pequeños actos y entreactos de la vida. Un elixir que eleva el espíritu por encima de las limitaciones de esa existencia, nos hace libres del saber para simplemente, Ser.
Coplas
a lo que en la vida importa

Si del correr de la vida
nos damos apenas cuenta,
ni advertimos
que su paso es una herida
que sin que el cuerpo la sienta
recibimos,
aún somos menos conscientes
de lo que la vida llena
de sentido,
y amigos, amor, parientes,
damos sin más a la pena
del olvido.
Y haciendo de tal manera
nada nos será en provecho,
de tal suerte
que cuanto está a nuestra vera
arrojamos en el lecho
de la muerte.
Perseguir aplauso y gloria
es empresa fatigosa
para el alma
y en las vueltas de esa noria
no encuentras paz provechosa
ni la calma.
Y a la postre, ya en la cuenta
de todo el tiempo perdido
sin remedio,
verás que toda tu renta
será un corazón partido
por su medio.
Huye de la gloria inútil
que enreda tu sentimiento
de tal modo
que todo lo vuelve fútil
sin hallar lugar, ni asiento,
ni acomodo.
Y en la soledad escucha
tu alma hablar con mesura
lo que sientes,
y abandonado a esta lucha
será tu voz cual frescura
de las fuentes.
Verás que no cabe gozo
mayor, ni mayor sorpresa
si riendo
hallas el sano alborozo
del vino y pan en la mesa
compartiendo.
Que al fin lo que más importa
de ser feliz no es la fama
ni la gloria,
sino en esta vida corta
amar con quien bien te ama
es la historia.

Julio G. Alonso
http://lucernarios.net/2011/10/14/coplas-a-lo-que-en-la-vida-importa/

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Fotos cedidas por Javier A. Bedrina, un gran artista y persona. Agradezco su generosidad.

Visita su página aquí: http://www.bedrina.com/

Domingo de melancolía

            Mañanas de domingo, de días calmos y luminosos, en que las horas se deslizan perezosamente, con cierta fatiga, sin prisa por concluir su jornada, estirándose. Convertido el paso del tiempo en un bostezo entre doloroso y placentero, predisposición (todo el día por delante) y abandono (¿para qué?). Uno tiene la sensación de que el mundo se ha detenido y, curiosamente, no es nada preocupante. Te conviertes en parte de aquello que te rodea, la eternidad, la melancolía del pasado.
Si miro a derecha, la via del Roscetto asciende, entre altas sombras que el sol va aclarando mientras trata de alcanzar el suelo, hacia el centro, hasta el duomo. Allí en el calvero que forma la piazza di Santa Maria la Nuova, bajo el sol, el bosque de piedras se abre, como una flor. Surgen individuos diferenciados, una Cappella di San Fortunato, frente a la Chiesa di San Severo, el tempio di Minerva, junto a la tumba de un noble, palazzo e fontana, reliquias viejas, viejísimas, sacras unas, paganas otras, ciclópeas o discretas, medievales, romanas o etruscas, todas muestran sus carnes, sus piedras roídas y gastadas al sol. La muerte todo lo iguala, el esplendor y la miseria, los monumentos seculares ahora no son más que ancianos tratando de aliviar reumáticos dolores que la edad y las húmedas noches agravan. Las rocas desprenden una neblina imperceptible…pareciera que las piedras también respiran.
Salgo a la calle, giro a la izquierda, me adentro en la via pinturicchio, una calle sinuosa que desciende sombría, nadie ha llegado nunca a su fin(al menos que yo conozca), allí no llegan nunca los rayos del sol, es una calle oscura y tranquila, una calle que te lleva al pasado, no solo por la antigüedad mohosa de las piedras y adoquines desgastados por pies, patas y carruajes, sino porque la modernidad(los vehículos de cuatro ruedas) no puede franquear sus estrechas paredes. Solo peatones, ciclistas o motos, pero un zumbido se acerca interrumpiendo mis pensamientos y al verla pasar sonrío, un’ape azzurra sube zumbando fatigosamente la cuesta entre una nube de humo del mismo color que la carrocería. Mi dispiace, me excuso mentalmente ante mi lamentable olvido, mientras sonrío, cuando pasa a mi lado aquella diminuta cuadriga motorizada. Un petardeo irritado acomete el tramo final y una nube de humo se eleva entre la colorida ropa tendida en los balcones. Luego el silencio de nuevo.
De una ventana abierta sale una canción, asomándose al mundo, melodiosa, triste. Luigi Tenco, lo reconozco, es inconfundible. Se suicidó el mismo día en que yo celebro mi cumpleaños, de un tiro en la cabeza, con el corazón roto por una mujer, tenía veintiocho años. Tenemos algo en común. Su canción Un giorno dopo l’altro, me sumerge de nuevo en un largo domingo de melancolía.

(Traducción libre, según yo la siento)

Un día tras otro

Un día tras otro
El tiempo se va
Las calles siempre iguales,
Las mismas casas.
Un día tras otro
Y todo continua igual
Un paso tras otro
La misma vida.
Y los ojos buscan alrededor
Aquel futuro que habían soñado
Pero los sueños son todavía sueños
Y el futuro es ahora casi pasado
Un día tras otro
La vida se va
Mañana será un día igual a ayer.
La nave ya ha dejado el puerto
Y desde la orilla parece un punto lejano
Alguien esta noche
Vuelve desilusionado a casa, despacio, despacio.
Un día tras otro
La vida se va
Y la esperanza ya es costumbre.

L.Tenco