Ouroboros

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Ella suspiró, en un gesto cansado, y añadió:

―La muerte no es cruel. Las causas de la muerte sí lo son, en ocasiones. Piensa en las enfermedades, las guerras, las catástrofes y tantos sufrimientos. Yo no genero ni las causas ni los efectos. No dependen de mí, aunque siempre me atribuyen la culpa. ¿Acaso no has visto cómo me representan?

Pareció tomarse un respiro.

―Para ti soy una enfermera, para otros un sacerdote, un santo o un familiar querido. Como ya te he dicho, cada uno me ve conforme a sus creencias; pero debes saber que evitar el sufrimiento y el dolor es mi destino ―concluyó.

Rosendo asintió con la cabeza. Había sido injusto en su apreciación. Ella no le mentía, no tenía ningún motivo. Sintió la pesada carga que llevaba encima y la inmensa soledad que le acompañaba.

―Yo no deseo alejarme de ti, Tristania, no me importa si eres real o irreal o si esto es un sueño. No me apartes de tu lado ―suplicó él.

―Soy lo más real que has conocido. Esto no es un sueño.

―No me da miedo morir. Nadie me espera. No me importa el dinero, ni el trabajo, ni mi cuerpo. Te quiero a ti. Todo lo demás es polvo en una tormenta de verano ―declaró el hombre.

Su corazón se encogía ante la posibilidad de que lo rechazase, de que el anhelo más importante de su vida no se cumpliese.

Y entonces ella lo miró amorosamente y le dijo:

―Vivo llorando hace eones porque jamás he podido amar o ser amada. Tú llegas y te ofreces a mí dulcemente, sin temor. Siento la intensidad de tu cariño, de tu deseo. Eso me conmueve y sacia mi hambre por toda una eternidad. Me entrego a ti, porque es también mi voluntad. Con nadie experimentarás la plenitud como conmigo. A nadie podrías darle tu corazón tan abierto como me lo das a mí, jamás lo dañaré, mis manos son las alas de una mariposa. Nadie sabe amar tan plenamente, sin condiciones. Mis ojos te observan y penetran hasta donde tú mismo no has llegado nunca. Sé y comprendo cuál es tu ideal de la felicidad y del placer para llevarte a lo que concibes como el paraíso, para darte eso que tu espíritu anhela y jamás ha nombrado. Pero debes saber, Rosendo, que soy como las sirenas, si escuchas la belleza de mi canto enloquecerás y acabarás en los arrecifes. Aún estás a tiempo de descansar de tu vida, en paz. RIP. Si renuncias y vives lo prohibido, recuerda que encadeno los espíritus a través del placer y la felicidad, para siempre. No habrá olvido, ni sosiego. Piensa en ello ―advirtió.

 ―Deseo tu amor, estar contigo y poder quererte. ―le respondió.

Las nubes habían desaparecido de sus ojos, las pupilas resplandecían, luminosas, ambarinas. Era una mirada felina. De un salto subió al lecho, se evaporó la ropa y cayó desnuda sobre sus rodillas. Gateando, insinuante, se acercó a él. Le ofreció sus senos. Rosendo sintió la tremenda erección en su cuerpo desnudo y ello alimentó el volcán de su deseo. Sus manos se tendieron hacia ella. La habitación perdió corporeidad, las paredes se desvanecieron… Solos, en la inmensidad del espacio tibio y acogedor, sus cuerpos ardientes se encontraron, se acariciaron, se besaron, se saborearon. Apareció la sed, la sed intolerable de estar separado de ella. Sed que solo podía saciar fundiéndose en Tristania. La atrajo hacia sí, notó sus manos aferradas a sus nalgas, apretándose contra él, mezclándose con él, atravesándose con él, hasta desaparecer uno dentro del otro, una y otra vez, con intensidad infinita, solo anclados por la pasión, el epicentro del universo. Dos sexos y un solo cuerpo. El andrógino de Platón. Ahora lo entendía, ahora lo vivía. En algún lugar sonaba O Fortuna incrementando el éxtasis.

Miró a los ojos de Tristania, presintió que sería la última vez que vería a aquella mujer, un trozo de cielo negro lleno de estrellas, y le pareció ver una lágrima bajando por la mejilla. Estaba llorando, y lloró con ella, de alegría, de tristeza, no importaba. La abrazó aún más fuerte y sintió en su interior la llegada de un orgasmo, una erupción de placer sin límites, y se abandonó a la dicha. Se estaba yendo, disolviéndose, abandonándose en aquellos brazos, la mujer de su vida, de todas las vidas juntas, las esposas y amantes que fueron y serán. Sintió la explosión de sus fluidos, de su conciencia convertida en un río de sensaciones de lava ardiente que lo arrastraba, vaciándolo de sí mismo en ella. Como la burbuja en la ola de mar que regresa al océano, perdiendo todo rasgo individual, los límites no existieron; solo reinó una oscuridad insondable, sin principio ni fin, aterciopelada y cálida. Ni ella, ni él. Una matriz tibia y suave lo acogió. Silencio. Quietud.

Una pequeña agitación en el vacío acogedor que lo envolvía, un rumor sordo, una pequeña claridad a lo lejos. Volvió la conciencia y entendió, ahora, la cadena que lo ataba, el no olvido, el recuerdo de ella. Deseaba llorar pero no pudo. Su nariz y boca estaban llenas de fluidos. La claridad se hacía más intensa, algo lo arrastraba. Lo rodeaba la luz, su pecho se expandía y llenaba de aire. Toda su comprensión se transformó en rabia, y la rabia en un grito de impotencia, y lloró y lloró por Tristania…

Fragmento del relato Tristania.

El círculo de los gorilas

En noviembre del 2013 hice una entrada en el blog con el título de Gorilas. Esto que viene a continuación sería la sustitución de la misma y, al mismo tiempo, la precuela, los orígenes del círculo que gira en torno a ellos.
Al igual que a Ray Bradbury, a mí, los gorilas, entre otra infinitud de seres interesantes, me han llamado siempre la atención. ¿Desde cuándo? Recuerdo a King Kong, la versión de 1933 de la RKO, con Fay Wray, la única que se conoció durante muchas décadas, la vi en televisión siendo un niño. No recuerdo si llevaba los dos rombos (clasificación para adultos). Ahora os reiríais, especialmente los más jóvenes, pero entonces me asustó bastante.

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También me asustaban aquellas películas antiguas de Tarzán con Johnny Weissmüller y Chita de los años treinta y cuarenta. Las tribus negras, algunas caníbales, sus cánticos y danzas, aquella teatralidad a cámara rápida capturando y matando exploradores. Sí, tenía pesadillas por la noche, la imaginación ya comenzaba a ser un terreno bastante fértil y las profundidades de la jungla rodeaban mi cama convertida en la cabaña del árbol. Más tarde, llegué a descubrir que el creador del personaje, Edgard Rice Burroughs, había escrito alguna novela notable de ciencia ficción. Encontré La princesa de Marte en un mercadillo de segunda mano, muy interesante, supe que era una de sus creaciones más conocidas, exceptuando al Rey de la selva.

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En el universo infantil no se distinguía mucho entre homínidos, monos, simios o primates, simplemente había algo que atraía: la semejanza, pese a las diferencias evidentes. No eran tan distintos de nosotros aunque no supiéramos ni el ¿cómo? ni el ¿por qué? No necesitábamos respuestas ni conocimiento científico, solo nos maravillaba la magia de esos seres peludos, había un auto-reconocimiento “familiar”, por llamarlo de algún modo. Teníamos la sabiduría de la inocencia y el don de ver las cosas sin prejuicios.
En la adolescencia, conocí El planeta de los simios, con Charlton Heston y Roddy McDowall. De finales de los años sesenta. Ciencia ficción y simios ¡una mezcla explosiva! ¡Me encantó! Me faltó tiempo para comprar el libro que había inspirado la película, del autor francés Pierre Boulle. Era apasionante descubrir la Teoría de la Relatividad de Einstein, un viajero espacial que se embarca en una nave y se desplaza a una velocidad cercana a la de la luz durante cierto periodo temporal, tiene una experiencia distinta del tiempo a la de un espectador que lo observa en la Tierra. Para el astronauta el tiempo transcurre con normalidad, pongamos unos meses, pero cuando regrese a la Tierra, se dará cuenta de que han pasado centenares de años.

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En 1988, casualmente, se estrenan dos películas donde los gorilas cobran un mayor protagonismo. Me gustaron, abordaban temáticas bien distintas. Una de ellas se llama Evolución: Experimento mortal, trata sobre una gorila que es fecundada con esperma humano, con sus reflexiones morales y sus posteriores consecuencias. La otra: Gorilas en la niebla, basada en la vida de Dian Fossey y su estudio de los gorilas de montaña, interpretada por Sigourney Weaver.

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Ya acabo…No entraré en detalles sobre posteriores versiones y secuelas de las películas mencionadas, ni de otras. Ni tampoco mencionaré literatura que aborde esta temática. Solo quería dejar constancia de la primera huella sobre la nieve primigenia, la que te marca, la que permanece solidificada en la memoria, y todo ello pese a las deficiencias técnicas de la época y los decorados de cartón-piedra,…pero la fantasía añadió colores a aquellas películas en blanco y negro, imaginó efectos especiales y añadió más sensaciones de las que la pantalla mostraba. Y es que el cine y la literatura tienen un componente comparable a la grandiosidad del océano, si acudes al mismo con un vaso solo puedes llevarte un vaso de agua, si vas con un cubo puedes llevarte mucha más cantidad…el mar no es tacaño, sino inmensamente generoso, cada uno extrae del mismo en función del recipiente que somos y la capacidad de visión y plenitud que todos poseemos.
A mediados de los noventa escribí un relato sobre una gorila y la relación emocional que se establece con su cuidador. Era inevitable, una de las mejores premisas para un narrador es escribir sobre aquello que te gusta, sobre tus temas. La pasión, la autenticidad se percibe a través de las letras mucho más que la técnica. Ese cuento se llamó Makiki. Recientemente lo he ofrecido como colaboración a la ONG Proyecto Gran Simio, para ayudar a difundir un poco la conciencia sobre estos seres prodigiosos en peligro. Lo han aceptado con agradecimiento y me han comentado que lo van a colocar en el sitio web. Yo les estoy agradecido a ellos porque me hace mucha ilusión cerrar el círculo de esta forma, junto a nuestros familiares peludos.

http://proyectogransimio.org/que-es-el-pgs

Makiki

Foto de David Pluth – http://www.fotografx.biz/

Cuando esté subido lo notificaré, con el enlace correspondiente, por si os apetece leerlo. Dejo un fragmento:

“Para ella, las personas y curiosos eran inexistentes a sus ojos, las miraba sin verlas, captando solo sus acciones. Seres sin rostro ni cuerpo, fantasmas vestidos. En cambio, a Pedro lo seguía con la mirada siempre que estaba al alcance de sus ojos. Una mirada enigmática e impenetrable, cortina oscura tras las que brillaban estrellas de otras tierras llenas de misterios. Mi hermano lo sabía y estaba orgulloso, se notaba en sus andares presuntuosos, e incluso desafiantes para los demás trabajadores. Parecía el macho dominante de una manada de hembras, solo le faltaba orinarse por los rincones del recinto para marcar el territorio.
Burlonamente le llamaban: Tarzán. Yo no le di importancia, pese a que mi cargo directivo me hubiese permitido dar un toque de atención y solicitar respeto, pero no quería que me tildaran de hermanito protector y metomentodo. Internamente pensaba que no estaría mal que se sintiese ridículo, quizás ello le haría darse cuenta de que su actitud era poco profesional, más propia de un adolescente que de un encargado de departamento. Le advertí sobre lo excéntrico de su actuar, sobre lo que se comentaba a sus espaldas, cuando entró en un proceso casi autista en su trabajo. De alguna manera, aquel vínculo con la gorila estaba despertando en él aspectos cada vez más cercanos al comportamiento de los primates que al de los hombres. Se escondía en la selva profunda e impenetrable de su mente. Solitario y huraño durante el día. Sus ojos enrojecidos, su aspecto demacrado y descuidado, indicaban la falta de descanso. Por la noche, él se sentaba dentro de la jaula y se les veía hablar de forma animada. Dejaban de hablar mientras Pedro escribía en la libreta o mordisqueaba el lápiz con gestos de asombro y, a veces, de ensimismamiento. Aunque le advertí, en reiteradas ocasiones, sobre lo peligroso de aquella acción, él le restaba importancia, decía que era totalmente inofensiva y que no había nada que temer.
―Soy su cuidador preferido, me adora ―fueron sus palabras. Tenía razón, el lenguaje corporal era tan expresivo que no había lugar a dudas. Se atraían mutuamente, saltaba a la vista. Recuerdo que un atardecer, al acabar la jornada, me acerqué para despedirme, sabedor de dónde buscarlo, y los encontré cogidos de la mano. Al oír mis pasos, se sobresaltaron e interrumpieron el contacto.
―No hacemos nada malo ―dijo con un tono entre ofendido y avergonzado, como un adolescente pillado “in fraganti”.
―No te estoy acusando de nada, no te preocupes, solo venía a saludar ―le respondí, sin haber asimilado aún lo que acababa de ver. No era el hecho de cogerse las manos, cosa habitual entre primates y sus cuidadores, sino que Pedro había sonrojado visiblemente y ella bajó la cabeza sin mirarme.
A raíz de mi insistencia sobre la necesidad de tomarse un descanso en el trabajo, de desconectar para restablecer su salud emocional, notoriamente afectada, me dijo:
―Los sentidos en general y los sentimientos en particular, así como el deseo, son más antiguos que la inteligencia. Son la fuerza de la vida en estado puro y primigenio, antes de la paralización del conocimiento, propio de los hombres, de lo que su mente considera y cree correcto y verdadero. Estoy dejando de juzgar lo correcto e incorrecto, lo moral o inmoral en mi actitud. Simplemente estoy aprendiendo a vivir en un mundo anterior a todo lo concebido por la mente humana. Yo diría que el paraíso, antes de que los hombres y sus dioses diferenciasen entre el bien y el mal. Makiki y los suyos nunca salieron de él. ¿Entiendes?
Después de aquella conversación, que me dejó mudo, cavilando en silencio, sobre los misterios que encierra la vida y la mente, no volví a hablar con él, ni lo vi de nuevo hasta el día que lo encontré muerto”.

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Tristania

“Ella lo miró fríamente, sin decir nada. Se sintió estúpido. Un nudo en su interior se deshizo y se transformó en palabras:
―Me gustas mucho… ¡Dios mío! No sé qué me está pasando, perdona que te hable así, con tanta confianza ―dijo contrariado mientras se llevaba las manos a la cabeza.
―Cuando se ha estado al borde de la muerte no tiene cabida la hipocresía, se va directo al grano. He conocido a muchas personas que dicen lo que sienten y no lo que piensan. Son siempre sinceras. No debes preocuparte―explicó la enfermera.
La escuchaba ensimismado; aquella mujer cada vez lo atraía más.
―¿Cómo te llamas? ―preguntó él, y añadió―: Yo, Rosendo.
―Tristania ―fue su respuesta.
―Me gusta mucho, es muy evocador.
―No hay diferencia entre mi nombre y lo que soy. Me define ―aseguró.
―“Lo que no es triste es mentira”, decía un escritor ― añadió Rosendo.
―Estoy de acuerdo —respondió ella.
Se hizo un silencio en el que ambos parecían estar sumidos en sus recuerdos.
―¿Estás casada? —preguntó de improviso Rosendo, sacándola de sus pensamientos.
―No, no lo estoy, eso es una imposibilidad en mi caso ―aclaró.
La volvió a mirar bien, ladeando la cabeza con un gesto interrogante.
―¿Quieres que salgamos juntos? ―dijo extrañado al oírse formular la pregunta que nunca se atrevía hacer a ninguna.
La espalda de ella pareció encogerse al oírla, como vencida y fatigada bajo un enorme peso. Sus ojos reflejaron el verde oscuro de lo profundo del bosque.
―Solo puedo amar en sueños. En los sueños de aquellos que no se aterrorizan ante mi presencia.
Rosendo, súbitamente, comprendió. Levantó la mano y deshizo la venda de la muñeca que sostenía la aguja para el suero, la extrajo y vio que no había orificio en la piel. Se arrancó los vendajes y las gasas de la cabeza, apresuradamente, queriendo encontrar la herida, y no encontró nada. Se acarició la antigua cicatriz sobre la ceja y halló la piel lisa, sin rastro de ella.
―¿Y todo este montaje? ―preguntó sin comprender. Le llegó la respuesta en un fogonazo, nada más formularla.
―Es tu sueño, una ilusión, un remanso de paz para tu mente. Cada persona genera su decorado y la imagen que tienen de mí. La realidad última es que tu cuerpo de carne y hueso se encuentra en el hospital. Está muy mal, no sobrevivirá a esta noche ―le explicó Tristania.
―¿Y tú? ¿Has venido a cuidarme? Cuesta creerlo, pero sé que me dices la verdad ―respondió con voz apagada.
Bajó la mirada al suelo, como si así le fuese más fácil comprender lo que estaba ocurriendo.
―Ese es mi deber ―fue la explicación de la enfermera.
―¡Tienes un trabajo muy cruel! ―dijo irritado el hombre.
Ella suspiró, en un gesto cansado, y añadió:
―La muerte no es cruel. Las causas de la muerte sí lo son, en ocasiones. Piensa en las enfermedades, las guerras, las catástrofes y tantos sufrimientos. Yo no genero ni las causas ni los efectos. No dependen de mí, aunque siempre me atribuyen la culpa. ¿Acaso no has visto cómo me representan?
Pareció tomarse un respiro.
―Para ti soy una enfermera, para otros un sacerdote, un santo o un familiar querido. Como ya te he dicho, cada uno me ve conforme a sus creencias; pero debes saber que evitar el sufrimiento y el dolor es mi destino ―concluyó.
Rosendo asintió con la cabeza. Había sido injusto en su apreciación. Ella no le mentía, no tenía ningún motivo. Sintió la pesada carga que llevaba encima y la inmensa soledad que le acompañaba.
―Yo no deseo alejarme de ti, Tristania, no me importa si eres real o irreal o si esto es un sueño. No me apartes de tu lado ―suplicó él.
―Soy lo más real que has conocido. Esto no es un sueño”.

solitude (Dorothy Dene) LeightonSolitude – Frederick Leighton

Este es un fragmento del relato Tristania, inspirado, en y por la muerte. Aunque todo el mundo la considera El Final, en muchas ocasiones (la vida se encarga de demostrarlo)  el final se convierte en principio.

Lo que aprendió del mamut

La niebla llega a la ventana, no se detiene, atraviesa el cristal. Las voces se acallan de repente, ahuyentadas por un zumbido penetrante y agudo. Cuando el pitido cesa, oye el latido de su corazón, que palpita lentamente, alejándose hacia las profundidades. Lo sigue mientras una voz distante y débil llega a sus oídos: “¡Corre! ¡Avisa al doctor, ha entrado en coma!”.
Un manto invisible de frialdad cae sobre su piel desnuda. La humedad lame sus dedos, sus manos, sus pies dentro de las zapatillas de felpa, sus piernas, enroscándose con lentitud a su alrededor, lascivamente, arrastrándose, dejando una sensación de frescor y bienestar que se convierte en un hormigueo. Es lo más parecido a una caricia que siente desde hace tiempo. Nota como la neblina se pasea húmeda y refrescante por su cuello, se desliza eróticamente tras las orejas, regresa a sus pómulos y se detiene con suavidad sobre sus parpados cerrados, apoyando unas manos invisibles. Disfruta de las sensaciones hasta que su cuerpo queda convertido en una superficie palpitante, vibrante. Ha desaparecido todo dolor, ha perdido la conciencia de tener una existencia física. No puede abrir los ojos, no los encuentra, tampoco los necesita. Está girando en el núcleo de una inmensa galaxia, una espiral de energía constituida por células y poros que respiran pausadamente, en expansión hacia los confines del espacio vacío y helado.
¿Estaré muerta?, se pregunta. ¿Y el director de la sucursal?… ¿Y los balances? ¿Y él?… ¿Y los abogados?… A tomar por culo… Una sonrisa se forma en un lugar indeterminado de la nebulosa conciencia.
Aparece una imagen, ¿un recuerdo, una premonición? Está jugando a la salida del colegio con los demás niños. Ha nevado. Empujan una esfera algodonosa y fría para que ruede. Van a hacer un enorme muñeco blanco. Tiene los dedos como carámbanos, los guantes de lana empapados, el cuerpo caliente y sudoroso, excitado por el juego. No lo acaban porque comienza la batalla con bolas de nieve. Ella está en el bando perdedor. Para dignificar su derrota y mostrar su valor, los vencidos deben caminar sobre el estanque helado hasta la isleta situada en medio. El sol se oculta y vuelven a caer copos blandos y lentos.
“¡Venga gallinas, hasta el centro!”, ordena uno de los vencedores. Y los tres avanzan en silencio, lentamente, apoyando los pies con cuidado, tratando de oír el sonido delator que producen las grietas, la señal de alarma para echarse atrás y salir corriendo. El agua cristalizada refleja la luz de las farolas, del cielo apenas llega claridad. En la isla, los cisnes acurrucados con el cuello entre las alas se protegen del frío y dormitan. La nieve sigue cayendo, plumones suaves y blancos de almohada.
La superficie nívea cruje cuando dan el octavo paso, a cuatro metros de la orilla; corren, pero acaban hundiéndose. El pequeño lago no es profundo y ellos saben nadar. Lo peor que puede pasar es hundirse bajo la gélida cubierta y que al intentar salir a la superficie no encuentres el agujero.
“Lola, Lola, vamos, sal…”, oye que la llaman desde la orilla, nota las voces angustiadas. Las niñas lloran, los niños gritan y berrean tanto como sus pulmones les permiten. Le llegan los sonidos lejanos, distorsionados, como las canciones de los vinilos que giran con pocas revoluciones… ”Looolaaaa, Looooolaaa…” Voces de dibujos animados, le da la risa. Siente frío, está aterida, se está congelando, se queda rígida y quieta… Una tibia calidez sustituye la frialdad y un sopor la rodea meciéndola en el olvido.
Se pregunta si su sangre también se está cristalizando, formando hermosas estrellas de cristal de color rubí, fractales artísticos, huellas glaciales únicas de su personalidad. ¿Qué aspecto tomaría una gota de sangre una vez congelada?, ¿cómo se vería en un microscopio? Como hacía aquel japonés, Masaru Emoto, retratos fidedignos de la esencia del agua. ¿Una imagen holográfica de sí misma? La apariencia externa no podría disimular el cielo o infierno del yo íntimo.
Tal vez el cambio no sea individual para cada molécula, quizás en vez de miles de estrellas púrpuras su cuerpo esté adoptando la forma de un copo de nieve gigante, un lucero de cinco puntas, un prototipo de humana belleza de Leonardo Da Vinci. Se siente rígida, sólida, entumecida, como un iceberg. Avenidas carmesíes, conductos dorados y puentes traslúcidos corren entre órganos escarchados, como pequeños caseríos aislados en un mundo de luz opaca, en un paisaje de postal nórdica.
El cuerpo ha dejado de pertenecerle, es propiedad del invierno, del reino boreal, del ártico, es como un mamut siberiano atrapado de repente por la glaciación. Tan rápido sucedió que en su estómago los restos de líquenes, musgos y hierbas no tuvieron tiempo de ser digeridos. Un proceso detenido en el tiempo. ¿Qué se preguntaría un mamut? ¿Tendría conciencia? En el hielo constante y eterno igual no hay tanta diferencia entre ella y él. Quizás la conciencia sea la misma, solo que en otro cuerpo. ¿Acaso el mamut soñaba que era un hombre? No hay prisa por despertar. En la eternidad, ¿qué más dan treinta o cuarenta mil años para un mamut helado? Ojalá sea solo un sueño para él y no llegue a descubrir la pesadilla de una vida humana, frágil, breve y desgraciada.

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Este es un fragmento del relato Lo que aprendió del mamut, al que tengo especial cariño ¿Por qué? Creo que ello es debido en parte a que es uno de mis escritos más incomprendidos y más maduros, desde mi apreciación(por supuesto, nada objetiva). Curiosamente la gente te habla de cuanto les ha gustado tal o cual relato, recuerdan y nombran títulos, y de este, en cambio, nadie comenta nunca nada.

13 Hojas de otoño – Prólogo

La entrada de hoy es para comunicaros que me llegó, muy recientemente, la edición de mi nuevo libro de relatos 13 Hojas de otoño. Una pequeña tirada de pocos ejemplares con la que se cierra el ciclo de los cuentos, al menos temporalmente. Al igual que ocurre con todos los que escribimos, no soy la excepción, siempre hay algo que bulle…no sé si algún día del humus de la mente, como decía J.R.R. Tolkien, surgirá algo digno. Estoy intentándolo. Una cosa lleva a otra. No hay prisa, solo una serena contemplación de aquello que va aconteciendo.
Hablar de mi trabajo, siempre me ha costado mucho. No soy un erudito, ni un filólogo, ni un literato, presentarme ante un público me es difícil, soy tímido, y a menudo la palabra “escritor” la siento como algo ajena. No hay más que leer lo que algun@s escribís, en esta pequeña constelación de blogs que sigo, para que se haga auto-evidente esto que afirmo.
Por ello, hoy os dejo las palabras que otra persona, profesor de técnicas narrativas, ha escrito sobre mi obra. Es el prólogo que da inicio al libro, gentil y generoso. Gracias Néstor Belda.

PRÓLOGO

La esencia de un prólogo es presentar y acreditar al autor y su obra. Entonces, me pregunto: ¿Por qué escribir un prólogo a «Trece hojas de otoño»? Quizás, hasta sea una impertinencia. Ni Quirico Molina, ni los relatos que conforman esta colección, lo precisan; la lectura lo hará todo.
«Trece hojas de otoño» es una obra en la que, desde la estética de un lenguaje sencillo, sus relatos enamorarán a los más acérrimos amantes de la belleza poética, pero también a aquellos que buscan una narrativa que los deje frente a frente con historias vivas. Si me pidiesen que definiera el conjunto de las piezas de este libro con una sola palabra, diría «rotundidad». Por debajo de ese plano estético que define la prosa de Quirico Molina, como un río de lava, discurre una temática punzante, a veces presentada con escenas y escenarios que coquetean con el realismo mágico, y, en otras, impregnadas de un realismo tangible e incómodo, como la vida misma.
La buena literatura se caracteriza por ser una vivencia para el lector, equiparable a las experiencias emocionales que nacen de las relaciones con nuestros semejantes y con el entorno. Adentrarse en un bosque de la mano de este escritor es sentir la humedad o el frío, percibir los olores y los colores, escuchar el crujir de la hojarasca, o estremecernos con sus sombras. Yo estuve con Joaquín en «El armario», contemplando las motas de polvo que, frágiles, leves, flotaban en un haz de luz; y también fui seducido por los siete velos de Aeshma Deva en «El tatuaje». Pero también, con este libro, he vivido la experiencia de leer una prosa rigurosa y placentera, y el estupor de sentir por dentro lo que con cada palabra, cuidadosamente seleccionada, Quirico Molina nos transmite. No es lo que dice, sino las sensaciones que produce. No son las escamas sangrantes y resecas de Iremi en «La sirena», sino la certeza de que, una y otra vez, todos cargamos con ese calvario.
Veo a un escritor que sabe encantar al lector con la música de sus frases, pero que en el sustrato, sutilmente, nos muestra la piel áspera de la naturaleza humana. Leer a Quirico Molina es situarnos en el teatro de esta humanidad frágil, de valores perdidos, de oídos sordos a los gritos de la naturaleza, pero envuelta en un halo de esperanzas.
«Trece hojas de otoño» os llevará más allá de las palabras y, por eso, os recomiendo que preparéis vuestros ojos, pero no los de leer, sino los de contemplar.

Néstor Belda
Mayo 2015

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