Náyade

Hoy, cumple años un viejo amigo. A veces escribe, le gusta la temática de las sirenas, las sirenas urbanas, que haberlas…haylas.  Una vieja amiga cuando era adolescente escribió el poema que sigue a continuación.

Las sirenas, la poesía, la melancolía y a veces la tragedia, parecen ir cogidas de la mano. Es una figura que a mí también me cautiva, como ya sabéis 🙂

Decía Victor Hugo, frase que incluyo en el relato de Fieras: “La melancolía es la felicidad de poder sentirse triste”. Siempre la he entendido como una tristeza no depresiva, sino una tristeza nostálgica, soñadora, premonitoria de una realidad que no vemos y que a veces encontramos en esas melodías célticas o en esos paisajes envueltos en las brumas, donde las leyendas cobran forma.

NÁYADE

Amada mía…

te encerraste espuma adentro

entre los castillos de coral y las húmedas tinieblas

rehuyendo así, quien sabe que ansiedades

y tus pasos quedaron para siempre

grabados en mi arena;

tus versos penetraron en mí, como una nueva sangre.

 

Se perdía la vista en aquel mar

durante largas horas de tristeza

siempre silenciosa, siempre ausente,

y de pronto bajabas la mirada hacia el papel

y tus dedos se enredaban en poemas

más divinos que humanos.

 

Pálida amante, te marchaste…

 

Y un día oí tocar las campanas del pueblo

y  a las gentes decir que habías muerto,

que locos! morirte tú,

que vivías tan intensamente en mi corazón

y tu imagen retratada en mis lienzos,

que locura!…si tu eres inmortal

como una estrella errante

que te perdiste entre las aguas.

 

Pues tu has de vivir siempre

en los oídos de aquellos que saben escucharte

porque tu ausencia es la música del recuerdo.

 

Náyade, estás ahí sentada

en las rocas como siempre

y luego vuelves a tu mundo de ninfas y sirenas,

y mi amor te hace eterna…

 

Porque te escondes cada tarde

con los reflejos de ese sol que te ilumina

y a media noche brilla tu palidez

sobre las aguas plateadas.

 

Que extraño misterio el de tu vida

y que ingrata tu ausencia con la muerte,

que poesía me dejó tu calma

tu mirada profunda y tu voz delicada

y aquel perfume inquieto

que flota tras de mí.

 

Quien sabe donde fuiste,

sólo sé que mis pinceles dibujan

con un mágico encanto la sombra del pasado.

 

Náyade, no me olvides en tu mundo de sombras

porque vivo por ti,

para levantar tus versos

que alivian a las almas llenas de soledades

y de inquietudes viejas

como tú y como yo.

 

Te esperaré en la playa

sintiendo la caricia de la brisa en mi cara

hasta que algún día el mar compasivo

me arrastre en pos de ti

y me arranque del mundo

para seguir tus pasos…

María Ángeles de Antonio

janthina

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