El jardinero

El jardinero es el cuento más antiguo de los que componen el libro Hojas de Otoño, es mi primer hijo, el más antiguo, un cuento breve, sencillo y profundo que me ha dado muchas satisfacciones y que no me canso de leer.  Con el paso del tiempo lo he corregido muy poco para que no pierda la pureza, fuerza inicial o inspiración que las musas me concedieron en aquel día. Cada uno puede obtener un mensaje distinto, aunque hay una frase de Antoine de Saint Exupéry que se aproxima bastante: Lo esencial es invisible al corazón.

También he tenido la satisfacción de haberlo traducido, con revisión final de algunas expresiones con las que uno no puede estar familiarizado si no es a través de un contacto continuo y diario con la lengua del país. En honor y recuerdo a esos amigos franceses e italianos de los que me siento orgulloso,  con esta entrada  les hago un pequeño homenaje. Porque aunque los ornamentos de oro pueden adoptar diversas formas: un anillo, un arete, una pulsera, etc. siguen siendo oro. Lo esencial no cambia.

Las imágenes son obra de la gran ilustradora Eva Sánchez Gómez. Mi agradecimiento:  http://evasanchez.cat/es/bio.html

Comparto los primeros párrafos:

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El jardinero

Se acababa el hanami, la contemplación de las flores del cerezo. En su máximo esplendor y belleza las efímeras flores se desprendían por miles de sus ligeros pétalos rosados, cayendo perezosamente, suspendidos en el aire, atenuando todo movimiento y prolongando durante unos instantes más el espectáculo de su etérea belleza.

Era un momento que el viejo Noguchi amaba especialmente. Gustaba de pasear entre los árboles y sentir los livianos golpecitos de los pétalos sobre el rostro y la ausencia de sonido que producían sus sandalias al deslizarse por los senderos blancos. Su espíritu captaba viva la esencia de aquel momento, pues no aspiraba más que a sentir el contacto de los copos sobre su cara y el silencio bajo sus pies. Aquellos pétalos cayendo le recordaban su propia vida y el no retorno del pasado, la lentitud de una existencia extinguiéndose plácidamente tras un ayer no exento de sufrimiento, esplendor y honorabilidad.

Noguchi era monje y jardinero en el monasterio zen de Ryoan-Ji en Kyoto, donde era un venerado sensei, maestro, en el arte de la jardinería. Como únicas herramientas de su arte un gastado rastrillo de bambú y sus manos, como materia de sus jardines una extensión de arena blanca y un número impar de piedras. El anciano deslizaba el rastrillo a lo largo del jardín describiendo movimientos ondulantes sobre la arena y trazos como un pintor sobre una tela. El viejo Noguchi había captado el secreto de dar vida a la esencia oculta tras las apariencias externas, por eso no necesitaba ningún otro elemento que distrajese la atención del espíritu, la arena devenía agua bañando las costas de islotes en círculos concéntricos y excéntricos y corrientes marinas se transformaban en olas que acariciaban la playa.

El monje era ciego. No nació así.

En un pasado ya lejano, sus padres temerosos de que aquel hijo de aspecto enfermizo no pudiera afrontar los rigores de la vida, decidieron que la mejor manera de endurecer su físico y su carácter era someterlo a alguna disciplina del antiguo bushido, el camino del guerrero.

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Le jardinier

Le hanami, la contemplation des fleurs du cerisier, se terminait. Dans leur maximale splendeur et beauté, les fleurs éphémères se détachaient par milliers de leurs légers pétales rosés, tombant paresseusement, suspendus dans l’air, atténuant tout mouvement et prolongeant quelques instants le spectacle de leur beauté éthérée.
C’était un moment que le vieux Noguchi appréciait particulièrement et il aimait marcher entre les arbres et sentir les petits et légers coups des pétales sur ses joues et l’absence de son que produisaient ses sandales en glissant sur les sentiers blancs. Son esprit recueillait l’essence vivant de ce moment, parce qu’il n’aspirait plus qu’à sentir le contact des flocons sur sa figure et l’absence de son sous ses pieds. Ces pétales en tombant lui rappelaient sa propre vie, le non retour du passé, la lenteur d’une existence s’éteignant calmement après un passé non exempt de souffrance, splendeur et honorabilité.
Noguchi était moine et jardinier dans le monastère zen de Ryoan-Ji à Kyoto, où il était un vénéré Sensei, un maître, dans l’art du jardinage. Comme seuls outils de son art, un râteau de bambou usé et ses mains, comme matière de ses jardins une extension de sable blanc et un nombre impair de pierres. L’ancien glissait le râteau le long du jardin en décrivant des mouvements ondulants sur le sable et de grandes lignes comme un peintre sur une toile. Le vieux Noguchi avait recueilli le secret de donner vie à l’essence occulte au delà de l’aspect externe, c’est pour cela qu’il n’avait besoin d’aucun autre élément pouvant distraire l’attention de l’esprit. Le sable devenait de l’eau qui baignait les côtes d’îlots dans des cercles concentriques et excentriques et les courants marins se transformaient en vagues caressant la plage.
Le moine était aveugle. Il n’est pas né comme ça.

Dans un passé déjà lointain, ses parents redoutaient que leur fils de constitution fragile ne puisse pas se confronter aux rigidités de la vie et décidèrent que la meilleure manière de durcir son corps et son esprit, était de le soumettre à une discipline particulière de l’ancien bushido, le chemin du guerrier.

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Il Giardiniere

Finiva l’hanami, la contemplazione dei fiori del ciliegio. Al culmine del loro splendore gli effimeri fiori sfiorivano, spargendo migliaia di leggeri petali rosati che cadendo pigramente, sospesi nell’aria con movimento attenuato, prolungavano di qualche istante lo spettacolo della loro eterea bellezza.

Era un periodo che il vecchio Noguchi amava particolarmente, gli piaceva passeggiare tra gli alberi e sentire il leggero fruscio dei petali sul rostro e l’assenza di suono che producevano i suoi sandali scivolando per i sentieri bianchi. Il suo spirito captava l’essenza viva  di quel momento, nient’altro lo interessava se non sentire il contatto dei fiocchi sulla sua faccia e l’assenza di rumore sotto i suoi piedi. Quei petali cadendo gli ricordavano la sua stessa vita e il non ritorno del passato, la lentezza di un’esistenza che placidamente andava estinguendosi. Dietro rimaneva un passato non privo di sofferenza, splendore ed onorabilità.

Noguchi era monaco e giardiniere nel monastero zen di Ryoan-Ji a Kyoto, dove era un venerato sensei, maestro, nell’arte del giardinaggio. Come unici utensili della sua arte un logoro rastrello di bambù e le sue mani, come materia dei suoi giardini una distesa di arena bianca ed un numero dispari di sassi. L’anziano scivolava il rastrello lungo il giardino descrivendo movimenti ondeggiati sull’arena e disegni come un pittore sopra una stoffa. Il vecchio Noguchi aveva captato il segreto per donare vita all’essenza occulta che si celava dietro le apparenze esteriori, perciò non aveva bisogno di nessun altro elemento che distogliesse l’attenzione dello spirito; l’arena si trasformava in acqua lavando le coste di isolotti in circoli concentrici ed eccentrici e correnti marine si trasformavano in onde che accarezzavano la spiaggia.

Il monaco era cieco. Non è nato così.

In un passato ora lontano, i suoi genitori timorosi che quel figlio di aspetto malaticcio non potesse affrontare i rigori della vita, decisero che la migliore maniera per fortificare il suo fisico e il suo carattere era sottometterlo a qualche disciplina dell’antico bushido, il cammino del guerriero.

 

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